viernes, 25 de abril de 2008

El arte de amar

Ahora que transcurrieron unos días, me encuentro más frío, calmo y distante de lo sucedido aquella noche en el bar. Hoy sostengo que carece de sentido maldecir el instante en que decidí llevar a la Facultad El arte de amar, un libro de Erich Fromm. Ya fue: lo que pudo pasar, no existe.

Mi idea era evitar el tedio que representan los 45 minutos de viaje en el 115 e ir leyendo todo lo posible, aprovechando las últimas luces del día. Además la letra grande del libro se presta: aunque el bondi se mueva, la vista no se cansa y se puede leer bien. Claro que al pisar la Siberia yo no tenía ni la más ínfima noción de lo que vendría. O vaya uno a saber si en algún lugar recóndito del inconsciente buscaba una oportunidad.

La clase hace un parate. El aula se ubica en la planta baja, con los ventanales abiertos y al lado de la entrada del edificio. Alguien me hace la psicológica con los robos. Por eso llevo al bar el sweater, el cuadernillo y El arte de amar. Pido un té y un alfajor triple de chocolate, mientras los otros pibes toman cerveza y comen carlitos.

Aparece ella, tan bonita como siempre, se sienta a la mesa de ellos y yo en otra con dos chicas más. No puedo parar de mirarla. Como si su cuerpo tuviera un imán para mis ojos. Está vestida sencilla con jean y remera, que le marcan la figura. Los ojos apenas delineados como único maquillaje visible. Cuando la saludé al principio con un beso percibí que no usaba perfume: me quedo con el aroma de su piel. Me genera sensaciones… qué se yo, indescriptibles. Caen de maduro mis ganas de besarla, abrazarla, cuidarla, mimarla, contenerla. A esta altura además de la mirada más linda del mundo y que me trae paz debo confesar que es buenísima, re dulce, educada e inteligente. Espero ansiosamente las clases para verla y la extraño en la semana. Y no lo sabe. ¿No lo sabe?

Hay espacio en mi mesa y El arte de amar queda a la vista, al alcance de todos, se distingue bien. Si hubiese calculado adrede lo siguiente, seguro que no salía como salió. Porque ella abandona la otra mesa, quizás aburrida de la charla, se acerca a la mía, no puede con su curiosidad y toma el libro. Observa la tapa, pregunta si es mío, le contesto que sí y no encuentro palabras para detallar cómo le cambia la cara. Comienzan a brillarle los ojos, se ruboriza un poco y sonríe pero con una especie de piquito para contener una sonrisa amplia. Como cuando no querés sonreír y no podés evitarlo porque viene de adentro. No sé si lo explico bien. Y ojea el libro. Se para frente a mí, me mira fijo, segundos eternos y por fin dispara:
- ¿Estás enamorado? – El mundo es ella y yo.
- Ssssiii – es lo único que atino a responder con la voz temblorosa, asintiendo con la cabeza, bajando la mirada, sorprendido por la pregunta y víctima de mis limitaciones.
- ¿Y la chica, qué onda?- redobla ella la apuesta, con valentía y mucho interés.
- Ehhh… es… un amor no correspondido… como siempre – me hundo lamentablemente en mi timidez.

Con el resultado puesto es fácil estar en esa situación y plantear que era la chance para contarle que la chica es ella y enumerarle todos los ítems que me vuelven loco. Ella me habría respondido que no puede ser porque está de novia y listo. ¿Cuál es el problema de que me rechace? Se enteraba de mis sentimientos y punto. Pero no me animé.

La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco, sostuvo Platón. No es excusa, ¿no?

Se hace un silencio, me devuelve el libro y lo agarro casi con Parkinson, por los nervios. Le hago una reseña de mi interpretación de la investigación de Fromm, quien no escribió nada del otro mundo. El amor es a largo plazo y sin garantías, se construye obviamente de a dos y sin relaciones de poder, se aprende, hay que laburar, ser tolerante, dar y no exigir, etc. Es un arte. Un libro viejo, del 56.

Y ahí estamos ella y yo, compartiendo ese instante, hablando de amor con la luna alumbrando débilmente por el humo. Hasta luna tiene la noche, que si no es de cuento pega en el palo. Pero al final siento que dejé pasar el tren y dudo si habrá otro. Es más, hasta creo ver el furgón de cola perdiéndose en el horizonte y a un operario clausurando la estación: “Pibe, el tren no pasa más por acá”. En ese momento parado en un andén imaginario, vislumbro una noche de insomnio y lágrimas.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Entre a la pagina pensando que habia info de la banda y veo que el blog tomo otro rumbo, no conocen algun blog con buena info , gracias

Lionel Coria dijo...

Salvo las fotos de las tres minas, el resto es pura info de la banda. Por lo menos hagan chistes verosímiles.

Anónimo dijo...

porque no me decis lo que sentis quien te dice que ya no lo sepa???????

Lionel Coria dijo...

Está claro que es Damián el autor de ambos comentarios.

Anónimo dijo...

Lamento decirte que desde mi humilde punto de vista, dormiste. Es triste, pero es así. Lo que tiene de ventajosa la situación es que es probable que surja alguna otra oportunidad, y esta vez por favor no la dejes pasar. La chica se levantó de la mesa para ir a hablarte, te da cabida, y vos le das una clase de Fromm?!?!?! Que seguro es interesante, y habrás sumado algunos puntos, pero...deberías haber aprovechado la conversación personal y no ir a lo seguro de discutir palabra ajenas...me parece. Espero no te disguste mi comentario....saludos,
esta chica